Meseta negra
Meseta negra —Nosotros no olvidamos favores —replicó Taddy, y silenciosamente dejó que las sombras le tragaran.
—¡Nosotros no olvidamos favores! —repitió Paul, admirado.
—Seguro. Uno puede confiar en esos indios. Han sido tantas veces engañados y estafados por Belmont y sus compinches que apenas creen que haya hombres blancos decentes. Pero si entregan su amistad a uno, jamás la desmienten.
—Wess, estamos luchando contra algo maligno y malvado —comentó Paul—. Y no comprendo por qué aún no lo veo todo rojo.
—Porque, por un lado, piensas en Louise, y por otro, de nada serviría. Estás aprendiendo mucho, camarada.
—Pero no podemos permitir que Belmont se salga con la suya.
—Yo diría que no. Vuelve a la cama y procura dormir un poco. Nos desayunaremos como de costumbre y pediremos el almuerzo. Tú le dirás a Louise que regresaremos tarde, o tal vez nos quedaremos fuera toda la noche. Y no te olvides de coger la pistola.