Meseta negra
Meseta negra —Ten cuidado en no enseñar demasiado el hocico —le previno el vaquero—. En lÃnea recta los tenemos bastante cerca. Y los caballos poseen una vista muy aguda, por si acaso no la tienen esos cuatreros. Bien, echa una ojeada. FÃjate en que estamos a menos de un kilómetro de aquel lugar donde hallamos el rastro de ganado saliendo del cañón. Pero como no tenemos alas para volar, tendremos que dar un rodeo por el reborde rocoso para llegar hasta allÃ.
—Veo el ganado en aquel ribazo —asintió Paul excitadamente—. Y también humo.
—Es del campamento. Ahora, mira con los prismáticos.
Paul tuvo que registrar gran parte del paisaje hasta localizar el humo, y cuando lo hizo dio rienda suelta en forma audible a sus sentimientos.
En un nicho del reborde rocoso, a espaldas del ribazo, divisó una fuerte fogata, con un hombre que evidentemente se hallaba muy ocupado cocinando, diversos paquetes y mantas enrolladas a su alrededor, y a dos hombres montados a caballo.
—SÃ, es cierto, allà están —jadeó—. Ya no necesito los prismáticos para localizarlos. Wess, ¿qué haremos?