Meseta negra
Meseta negra —Diantre, iremos a saludar atentamente a esa pequeña partida —gruñó el vaquero—. Dame otra vez los prismáticos. Quiero ver de qué manera podemos arrastrarnos hasta allà disimuladamente.
—¿Esta noche? El sol se pone ya. Mucho antes de llegar allà será de noche.
—Bien, podrÃamos aguardar hasta mañana —al cabo de un prolongado escrutinio del campamento y del terreno circundante, Wess añadió—: Amigo, esto será muy sencillo. Rodeamos el reborde por detrás, y saldremos por la entrada de la quebrada por donde ellos cabalgan. Luego, descenderemos. Estarán comiendo. Y como estará oscuro, podremos llegar hasta ellos sin que se den cuenta.
—¡Esta noche!
—Seguro. Ahora mismo. Y vamos de prisa, a fin de poder aprovechar la luz que queda.
—Está bien, pero dime antes qué he de hacer.
—Seguirme y no hacer ruido. Nada más.
—¿Los arrastrarás?
—Puedes jurarlo.
—¿Y si hay lucha?
—No lo creo, amigo. Pero ya te prevendré, por si acaso se trata de tipos duros. En cuyo caso, agacha el coco y saca el revólver.