Meseta negra
Meseta negra Volvieron a sus caballos y los condujeron por el barranco. El sol se habÃa ya ocultado tras el horizonte cuando llegaron a un pequeño altozano. Montando de nuevo, cabalgaron por aquella elevación.
Paul divisaba ya la quebrada, por donde el promontorio descendÃa hacia la cuenca, y la lÃnea abrupta del cañón. El cielo, por Occidente, estaba teñido de un color rojizo. La luz diurna todavÃa se mostraba reacia a desaparecer. Y estaba sucumbiendo ante la noche cuando Wess localizó la entrada de la quebrada.
—Es por aquà —susurró, desmontando—. Aquà hay rastros del ganado. Bien, atemos los mustangos a este roble. Y quÃtate las espuelas. Esto será un poco duro para los animales, sin agua ni hierba.
Paul se hallaba en un estado de expectación y vigilancia, pero al comenzar a descender por la quebrada detrás del indolente, aunque astuto, vaquero, sus nervios se pusieron en tensión y su pulso latió con más fuerza. De vez en cuando, Wess se detenÃa a escuchar, o se volvÃa para ver dónde se hallaba Paul.
—Pisa suave —le aconsejó en una ocasión, susurrando—: ¡pies torpes! Esto no es una excursión dominguera.
Tras este epÃteto poco halagador, Paul comenzó a poner un pie delante del otro como si temiera tropezar con un barril de dinamita. Pero no volvió a hacer ruido.