Meseta negra
Meseta negra —¿Tú crees? —inquirió Paul, con gran tensión en su voz—. ¿Cuánto tiempo crees que ella podrá resistirlo? ¿No te fijaste en la expresión de sus ojos?
—Si todo lo demás falla —repuso el vaquero animadamente, siempre hay medio de arreglarlo.
—No, Wess... con una muerte ya es bastante... demasiado. Esto ya no es el viejo Oeste. Si tú matases a Belmont, te colgarÃan... y esto destrozarÃa el corazón de Louise.
—Pero, amigo, ya has visto el infierno en sus pupilas... Y esto ha despertado otro infierno en mi corazón.
—Matar a Belmont sólo servirÃa para empeorar el asunto —replicó Paul, obstinadamente—. ¿Y «el niño? ¿Que podrÃa decirle de su padre?
—Paul, algún dÃa serás tú el verdadero padre de esa criatura. Recuerda mis palabras.
—Nunca de ese modo —exclamó Paul—. Wess, tienes que alejar esa idea de tu cabeza.
—Bien, tú eres el jefe —asintió el vaquero con resignación—, pero no estoy muy seguro de que estés hablando con inteligencia.