Meseta negra

Meseta negra

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Belmont exhaló un juramento de rabia y dolor, y aporreó la puerta de manera convulsiva con sus fuertes manos. Por muy duro que fuese su pellejo, tal afirmación por parte de su esposa, el desprecio que entrañaba aquel vulgar epíteto, atravesó al comerciante hasta lo más profundo de su ser.

—¡Louise, por Dios santo, vuelve en ti! —imploró, con voz tan distinta de la suya normal, que Paul intuyó su enorme tortura.

Era ridículo que aquel comerciante, aquel vendedor de ron, con sus amoríos, pudiera ser víctima de un amor tan profundo y persuasivo. Sin embargo, Paul conocía la triste verdad de ello y glorificaba la desdicha del hombre.

—¡Nunca! Ya estoy harta, John Belmont —gritó Louise apasionadamente—. ¡Te odio! Te odiaba en Utah por lo que me hiciste y le hiciste a Tommy. Pero aquí, en Aguas Amargas, me has llenado de algo peor que el odio... ¡Si te acercas a mí te mataré ¡Y si fallo y llegas a tocarme... me mataré!

Belmont se apartó de la puerta tambaleándose, hacia el sendero, respirando pesadamente. No estaba aún en las proximidades del corredor cuando Hermana le llamó desde la ventana.

—Lo he oído todo —jadeó.

—¡Cállate! No me atosigues tú ahora, mujer —replicó Belmont roncamente.


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