Meseta negra
Meseta negra —¡No consentiré que me trates asÃ! —exclamó Belmont.
Pero a pesar de sus palabras, estaba impresionado.
—¡Tendrás que consentirlo!
—Pero, ¿por qué? Louise, ¿no hemos discutido bastante? Ya sabes que te quiero —prosiguió el comerciante en voz más baja, ansiosa y ronca, traicionando el deseo que experimentaba en su corazón—. Me portaré mejor contigo a partir de ahora. Oh, sÃ, he acabado por amarte apasionadamente.
—¿Amarme? ¡Bah! ¡Vete con Hermana! —gritó la muchacha con sarcasmo.
Belmont guardó silencio unos instantes.
—¡He terminado con ella! —afirmó después—. Cierto, voy a librarme de su presencia. Y esta vez haré legal mi promesa.
—¿De veras? Conociendo como conozco a esa mujer, sé que tendrás que hacer todo lo contrario.
—¿Son éstas tus razones? —preguntó el comerciante, volviendo a demostrar aquella fuerza de voluntad que no conocÃa obstáculos.
—Una de ellas. La otra es que... ¡te odio, bestia salvaje!