Meseta negra
Meseta negra —Entonces, déjame entrar —pidió Belmont con impaciencia. Al no obtener respuesta, aporreó la puerta—. ¡Abre!
—¡No! —repuso Louise con determinación.
En su voz no habÃa debilidad ni temor.
—¡Maldita gata! ¡No quiero aguantar ni un momento más esta situación!
—Belmont, eres muy torpe, de lo contrario me conocerÃas mejor.
—Louise, romperé la puerta... la hundiré.
—Hazlo. Pero entonces te mataré... o me mataré.
Paul no pudo oÃr los gruñidos de sorpresa del comerciante.
—Esto es un farol... No tienes pistola.
—Tengo una.
—¿De dónde la sacaste?
—Me la dio Paul.
—¡Otra vez ese condenado entrometido! Escucha, Hermana ha insinuado cosas que no me gustan, ni he querido atender. Si no pones cuidado, Hermana me pondrá algunas ideas en la cabeza y entonces...
—¡Esto es imposible! ¡Los animales no piensan ni pueden albergar ideas en el cerebro!
—¡Fuego del infierno! ¿Qué te pasa? —estalló Belmont furiosamente.
—No podrás conseguirme nunca más, John Belmont, esto es lo que me pasa.