Meseta negra
Meseta negra Salió del corredor y recorrió el senderito empedrado del puesto. Su paso le pareció a Paul el de un hombre a quien sería peligroso encontrar en un sendero estrecho, sin que ninguno de los dos pudiese retroceder. Belmont avanzaría... apartando brutalmente a un lado tanto a un amigo como a un enemigo. Paul oía a menudo aquellos pasos, y lo mismo que en esta ocasión, siempre parecían aplastarle el corazón. Belmont se plantó ante la puerta del aposento de Louise. Trató de abrir pero la joven se había encerrado por dentro.
El corazón de Paul comenzó a palpitar con mayor fuerza. Y su fatigado cuerpo contestó a tal actividad. Sin embargo, volvió a hundirse lentamente en su hamaca.
—Louise... —llamó el comerciante con voz baja pero decidida.
No hubo respuesta. Tabaleó sobre la puerta y maldijo varias veces.
—¡Louise!
Ante aquella nueva llamada, los pasos del vaquero bajo los cedros dejaron de oírse. Sin duda, también lo estaba oyendo todo desde las sombras.
—¿Qué quieres? —inquirió Louise.
—Entrar.
—No puedes. Ya te lo he dicho mil veces que no debes hacerlo.
—¿Te encuentras mal?
—No.