Meseta negra

Meseta negra

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El niño también mostraba los efectos del terrible calor. Paul apenas le veía, pero sus febriles sollozos durante el día atestiguaban sus sufrimientos. Paul se preguntaba a menudo si los consuelos de Louise calmaban al niño o sólo servían para que llorasen el hijo y la madre a la par. Por la delgadez de las piernecitas y los bracitos del pequeño, y las manchas de su piel, Paul se daba cuenta de que Tommy estaba muy desmejorado. Si el calor duraba mucho tiempo, representaría el final para él... tal vez para todos, añadió Paul para sí.

La noche era siempre bien recibida. Paul se tumbaba en su hamaca, en tanto su sangre iba perdiendo intensidad, y el cerebro su presión, que era como una faja de acero en torno a la frente. La noche era callada, cálida, melancólica. Las estrellas brillaban en la bóveda celeste. Fuera, un indio entonaba un cántico. Todo estaba tan silencioso, que el débil susurro del agua en el manantial llegaba hasta los oídos del joven.

Los pasos lentos y suaves de Wess, paseándose bajo los cedros, también resultaban muy significativos. El extraño vaquero al que no le gustaba andar, jamás dejaba de pasearse durante aquellas calurosas noches.

De pronto, otros pasos interrumpieron la placidez de la noche, y la modorra en que había caído el joven. ¡Belmont!


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