Meseta negra

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Finalmente, totalmente desesperada, Louise fue en busca de Wess, el cual, por primera vez, le falló. El vaquero también temía la astuta vigilancia de Hermana. Y Paul, tan al acecho como aquélla, vio a la chica y al vaquero juntos, y la forma en que aquél la despedía. También se fijó en el desconsuelo de ella ante esta actitud del tejano. Wess le había hablado con dureza; como el lobo en una trampa, había mordido aquello que le hería. Más que los detalles inexplicables de todo aquel miserable asunto, la inexplicable afrenta de Wess a Louise torturó y aturdió a Paul. Éste confiaba en el vaquero y al ver que Louise importunaba a Wess se había sentido asaltado por la desesperanza y el desasosiego. Sí, Wess le había fallado. Todo el asunto era enloquecedor. Su compasión hacia Louise le dolía hasta dejarle insensible. Sin embargo, se sentía también impulsado por aquel inalterable sentido del honor que le obligaba a rechazar toda idea de violencia, a pesar de atraerle tentadoramente. Su cólera hacia Wess, hacia sí mismo, hacia la vigilante Hermana, hacia el implacable y malvado Belmont, no conocía límites. Anhelaba presentarse a Louise y suplicarle que huyese con él, pero al mismo tiempo, un lazo inexplicable, que no acertaba a comprender, le impedía adoptar tal medida.




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