Meseta negra

Meseta negra

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De todos ellos, Hermana era la que expresaba de manera más acusada el efecto del calor y la terrible situación. Jamás salía del almacén o de su habitación. Apenas hablaba, y cuando lo hacía siempre era a la joven india. En cualquier momento del día o de la noche aparecía su pálido rostro en la ventana. Se hallaba siempre al acecho con aquellos ojos que Paul tanto temía y en los que jamás volvería a confiar. El odio dominaba aquella alma tenebrosa, odio hacia Louise, hacia sus nuevos y fieles amigos... y amor hacia Belmont, que era también odio. Vigilaba lo que al final adivinó Paul: con la esperanza de descubrir alguna acción que pudiese interpretarse como deshonor en Louise.

Por todos estos poderosos motivos, Paul dejó de mostrar sus pequeñas atenciones hacia Louise, y así se acabaron aquellos preciosos momentos de intercambio amoroso que hasta entonces la habían sostenido maravillosamente, alimentando su belleza.

Louise no lo entendía, y sus grandes ojos miraban a Paul con reproche, en tanto el joven se sentía impotente para tranquilizarla. La escribió una larga carta, pero no se atrevió a entregársela ni de día ni de noche. Belmont había ordenado que Gersha se cuidase de la habitación del joven, impidiendo asimismo que Louise mecanografiase los manuscritos del autor. El comerciante objetó, ante las protestas apasionadas de la muchacha, que no podía dejarla trabajar con aquel intenso calor.


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