Meseta negra
Meseta negra Paul no consiguió despojarse de tal impresión. Cuanto más reflexionaba en el asunto, más seguro estaba de que la malignidad de Aguas Amargas se hallaba directamente relacionada con la maldad de Belmont. ¡Qué asombroso era el hecho de que el agua del manantial no tuviese siempre la misma cualidad amarga! ¿Por qué no? Paul recordaba lo que le habían contado con respecto a los Navajos, los Hopis, que vivían de aquel agua. Todavía la utilizaban por necesidad, pero menos que antes. Paul había observado que ya no la bebían. Compraban gaseosas y cerveza abiertamente en el almacén del puesto, y también licor en secreto. Por tanto, a Belmont le beneficiaba grandemente que el aporte del mineral fuese siempre potente en el manantial. Respecto al comerciante, Paul siempre se mostraba altamente suspicaz. Y se preguntó si no era posible que Belmont ayudase a la naturaleza en aquella dispensa particular de los minerales terrestres. La idea fue como un relámpago en el cerebro del joven, como una claridad cegadora. No pudo ahuyentarla de sí. La sospecha no disminuía, ya que sabía que Belmont era capaz de cualquier villanía.
Sin duda, la esperanza de Paul apadrinaba tal idea. Y comenzó a desear ardientemente lograr una prueba definitiva de la maldad del comerciante.