Meseta negra
Meseta negra Paul buscó entre sus efectos un par de frascos pequeños. Luego, los vació de su contenido y los lavó cuidadosamente. En cualquier caso, siempre sería interesante el análisis de las aguas del manantial.
Cuando salió de su cuarto, era casi de noche. En el horizonte, hacia el oeste, aún se veía un resplandor rojizo. Las estrellas brillaban débilmente en el cielo oscuro. Sobre el desierto aún flotaban los velos de la calina. Al mirar hacia el aposento de Louise, Paul observó que su puerta estaba cerrada y atrancada. La joven no la abría ni en medio del más espantoso calor. En la ventana brillaba una luz. Paul se dirigió hacia la parte trasera del puesto y descendió por entre las chozas de los indios hacia el manantial.
Al aproximarse a la balsa, varios animales salvajes, posiblemente zorros y coyotes, se alejaron por entre las tinieblas. El ganado se abrevaba en el riachuelo que discurría más abajo de la balsa. Paul fue directamente a la roca, donde se arrodilló para beber. El agua no tenía mal gusto... sólo resultaba ligeramente alcalina. Y toda el agua del desierto era igual.