Meseta negra
Meseta negra Acto seguido, Paul procedió —a llenar uno de los dos frascos. Luego, anduvo por el borde de la balsa hasta encontrar un lugar desde donde vigilar sin ser visto. El oscuro acantilado por donde se escurría el agua dominaba el paisaje. Hacia allí era imposible distinguir ningún objeto móvil. Pero, cruzando el riachuelo hacia el norte. Paul calculó que mirando hacia el sur y el horizonte muy bajo en aquella dirección, podía divisar a cualquiera que viniese por allí. Después, buscó un asiento cómodo, por encima del nivel de la balsa y se dispuso a esperar.
Sabía que estaba apostando en una probabilidad entre mil. En realidad, estaba sirviendo a las órdenes de uno de los presentimientos de Wess. La sensación encubierta de que algo iba a revelarse ante sus ojos le daba fuerzas y ánimos para la espera. Y empezó a atender a la tarea con todo el poder de la aguda percepción sensorial que el desierto había desarrollado en él.
Las reses se apartaban del riachuelo, siendo reemplazadas por otras. Paul no podía verlas porque el fondo existente más allá del arroyuelo era negro. Sin embargo, cuando se acercaban las mujeres indias, pisando suavemente sobre la plataforma rocosa, Paul las veía ahora bien destacadas contra el cielo pálido del sur. Llenaban los tanques de gasolina con agua y volvían a desaparecer en la penumbra.