Meseta negra
Meseta negra A medida que la noche transcurría, la colina se despejaba, permitiendo que las estrellas brillasen con más fulgor. Su débil resplandor se reflejaba en la balsa del manantial. De la meseta soplaba una fresca brisa que azotaba la frente del joven. Bajo el acantilado, las sombras eran impenetrables. El extraño sabor del agua procedía de allí, y el sonido resultaba misterioso. La sensación que Paul experimentaba de misterio y melancolía en Aguas Amargas se intensificó durante aquella vigilia solitaria. En realidad, todas las características del desierto se habían intensificado ante sus sentidos. Los tristes aullidos de los distantes coyotes actuaban intensamente sobre los sensitivos oídos del escritor. ¡Eran los gritos salvajes, torturadores, solitarios y agudos del desierto! El reborde de la meseta se adelantaba osadamente y oscuro por todo el camino de Walibu, y su cántico parecía un lamento. Un perro indio ladró contra los coyotes. Pero poco después, todos los sonidos cesaron, excepto el murmullo del agua y el crujido de las hojas.
La inmensidad del desierto se abatía sobre el ánimo del joven. No parecía existir la menor diferencia entre aquel lugar y el salvajismo donde bostezaban los cañones.