Meseta negra
Meseta negra SURGIENDO de la base musgosa de un acantilado situado debajo de la escarpada mesa de la Meseta Negra, había un pequeño manantial de agua alcalina. Era el único oasis de aquella desolada región en muchas leguas a la redonda. El indio llevaba allí a sus mustangos, y la squaw[1] llenaba en aquel manantial su olla de barro; el vaquero conducía su ganado por la divisoria puntuada por cedros hasta la cascada, y el viajero seguía la senda pedregosa buscando la extraña y clara balsa. Los rastros del jaguar y otros felinos destacaban en las arenas rojizas. El ciervo y el coyote, y también el conejo, saciaban allí su sed. Pero las criaturas aladas del desierto, aquéllas cuya visión les permitía dominar desde gran distancia, jamás visitaban el pie de la Mesa Negra.
Los navajos, cuando vadearon el río Colorado en el Cruce de los Padres, le pusieron al manantial el nombre de «Aguas Amargas». Noddlecoddy, el viejo jefe navajo, comentó en una ocasión:
—No es agua buena, pero sostiene la vida.
Un célebre geólogo, al estudiar la región, observó que la naturaleza del hombre y la bestia dependientes del agua de aquel manantial y de las pésimas condiciones de la comarca, debían de compartir su cualidad dura y amarga.