Meseta negra
Meseta negra Con un tirón que desgarró la blusa por el hombro, Belmont la apartó de Paul, atrayéndola hacia sí, como un saco vacío, muy cerca de sus ojos. La muchacha no se resistió. No se encogió, ni tembló. Belmont no tenía ya poder para aterrorizarla ni intimidarla, como si sólo fuese ella una bala de lana de su propiedad.
—¿Le amas? ¡Dilo otra vez!
Era la desesperación de la fe perdida.
—Sí, le amo.
—Entonces... ¿era cierto? —murmuró Belmont, con voz llena de pasión.
—¿Qué?
—Que por esto te has portado de modo diferente desde que él llegó.
—Sí, John Belmont —le interrumpió Hermana—. Ya te lo dije. ¡No es más que una zorra!
—¡Habla! —tronó el comerciante—. Es por esto que tú...
—Sí. Yo hubiese perdido todas las esperanzas, aceptando tus mentiras sobre mí y el pequeño... o no ser por él.
—¿No me... no me amaste nunca? —inquirió el comerciante enjugando las gotas de sudor de su frente.