Meseta negra

Meseta negra

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La inexorable lógica y pasión de la mujer pareció penetrar en la escasa inteligencia de Belmont, el cual abandonó su postura indolente para vibrar visiblemente. Pero Louise cortó en seco su exclamación.

—Nuestro encuentro no ha sido casual ni preparado de antemano —afirmó con una calma extraña en aquellos momentos de tensión—. He visto a Paul entrar aquí y le he seguido.

—Está bien, Louise. Pero, ¿por qué lo has seguido?

—Porque tal ha sido mi voluntad. Paul llevaba varios días evitando verme... Y yo tenía que hablar con él.

—Hum... ¿y por qué, muchacha? —estalló Belmont.

Hermana no había logrado destruir la fe en Louise. Ávidamente, deseaba refutar las acusaciones de la mujer, enterándose de algo que explicase el hecho de haber hallado a Louise en brazos de Paul.

—¡Porque le amo!

—¿Tú... amas... a ese entrometido? —se asombró el comerciante.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Le amo! —asintió ella apasionadamente, como si acabaran de poner en duda su honor y su feminidad. Y la pequeña cabecita bronceada se reclinó sobre el hombre del ser amado—. Le adoro. Vivo por y para él. Y es él quien me sostiene con vida.


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