Meseta negra

Meseta negra

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—¿La amas? —le preguntó Belmont con incrédulo asombro.

—Sí, la amo, Belmont.

El comerciante esbozó un rápido ademán, como para alejar de sí un hecho extraordinario y perturbador, aún no aceptado plenamente.

—¿Has venido en su busca, te has encontrado con ella en este almacén... para no ser molestados? ¿La has atraído aquí para engañarla con tus promesas de amor?

—No, nos hemos encontrado por casualidad —repuso Paul apresuradamente, notando una sacudida en el cuerpo que abrazaba—. Estuve andando por el desierto. Tenía calor, me sentía mareado, y entré aquí para resguardarme del sol.

—¿Y cómo está ella aquí?

—Belmont, no seas tonto —intervino Hermana.

Una magulladura descolorida, muy cerca de uno de sus ojos y en contraste con su habitual palidez, mostraba el lugar donde Belmont la había abofeteado y las muecas convulsivas de su rostro lo convertían en algo odioso a la vista.

—Se han encontrado aquí a propósito. Pero, ¿y qué si ha sido por casualidad? ¿No los has visto uno en brazos del otro, besándose sin siquiera oírnos?


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