Meseta negra
Meseta negra —¡AllÃ! —gritó una voz de mujer, mortal en su triunfo—. ¡Es una desvergonzada magdalena! ¡Ha entrado en este almacén para arrojarse en brazos de su amante!
Violento y trastornado hasta un lÃmite insospechado, Belmont apartó a Hermana de su paso, y avanzó con lentitud y pesadez.
Paul apartó también a Louise de su lado y la sostuvo cogida de un brazo, en tanto ella temblaba convulsivamente. Después del choque, de la sorpresa, la primera sensación del joven fue de profundo alivio.
—Manning... ¿Qué significa esto? ¡Estás besando a mi mujer! —exclamó el comerciante, con voz ronca y falto de aliento.
—Supongo que es obvio —replicó el joven escritor con frialdad.
Lo que más temÃa, el secreto, habÃa dejado de serlo.
—¿Estás jugando con Louise? ¿Flirteas con ella?
—No, se trata de algo más profundo.
Hermana soltó una carcajada que no tenÃa nada de femenino. Luego, se colocó al lado de Belmont, como un cerebro más potente en aquellos momentos, poseÃda por los mil demonios del odio, traicionando su excitación ante las pruebas que ella habÃa estado acumulando. Era ella, y no el ofuscado comerciante, quien estaba helando de terror el corazón de Paul.