Meseta negra

Meseta negra

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De haber sido él de piedra, la muchacha le habría conmovido; de haber sido madera muerta, habría avivado sus sentimientos.

—¿No me amas? —repitió ella.

Tenía las manos ardientes, y a él le quemaban la piel a través de la camisa.

—¿Amarte? ¿Cómo puedes dudarlo?

—Has sido tan... cruel.

—Por miedo a Hermana. Nos vigila, quiere destruirte.

Louise se aferró a él, como si sus dos cuerpos fuesen uno solo.

—Paul... pensé que podría soportarlo... pero al ver que me rehuías... ¡Oh!, temí que me despreciases... Me negué a Belmont... No volveré a ser suya. Moriría antes. Oh, querido, soy tuya... sólo soy tuya. ¡Por favor, sácame de este infierno... antes de que sea demasiado tarde!

—Lo haré... Louise... —tartamudeó Paul.

Sólo entonces, ella le soltó de los brazos, para rodearle el cuello con los suyos, en tanto las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Sus labios eran dulces a pesar del fuego que contenían, y Paul se encontró en las alturas de la bendición, del olvido, de los sueños y el hechizo, de las esperanzas eternas del amor. De pronto, una voz penetró hasta la conciencia de su ser.


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