Meseta negra

Meseta negra

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—¡Un lugar olvidado de Dios y solitario!... —murmuró el joven—. Ésta es la maldición de Aguas Amargas. Si al menos regresase Wess... ¿Cuánto tendré que esperar aún? Otro día como el pasado y...

Sobre el piso duro del exterior resonaron unos pasos rápidos y suaves que habría reconocido entre mil. ¡Louise! Le había visto y no tenía escape. Se puso erguido como un abeto inclinado.

Al cabo de un instante, la joven estaba en el umbral, con el sol iluminando su cabello broncíneo, pálida como un cadáver, y con unas ropas harto livianas.

—¡Paul!

Avanzó hacia él, el cual recordó algo que había leído respecto a un ejército desfilando con sus banderas desplegadas. Estaba magnífica. Ya no quería huir de allí. El corazón de Paul comprendía que se trataba de un momento vital, aunque su cerebro le adivinara de qué forma.

—¡Louise! —contestó, como el hombre culpable que anhela el perdón.

La joven fue a parar directamente a sus brazos y le miró. Todo era glorioso en la vida, humano en ella, y terrible en Aguas Amargas, y todo brillaba en sus pupilas.

—¿No me amas ya? —murmuró la joven, tristemente.

—¡Oh, Louise... niña!


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