Meseta negra
Meseta negra PAUL sentóse en el porche del puesto para aguardar el regreso de Wess Kintell y Belmont, que debían llegar por la mañana.
La hora del mediodía al sol resultaba muy placentera. Paul acababa de descubrir su inclinación a resguardarse del viento del desierto al amparo de un muro. Una nueva dirección en sus pensamientos hizo que sus horas fuesen más aceptables. Todo lo que pertenecía al puesto y al proyecto ganadero en el que se hallaba interesado, atraía su atención. En vano trataba de alejar la vaga inquietud que experimentaba ante el cambio de idea respecto a la construcción de una cabaña en lo alto del espolón. Las ladinas razones que se daba a sí mismo no le convencían. Y por fin llegó el temido momento en que se vio obligado a confesarse que Louise presentaba el estudio más trágico, sobrecogedor y fascinante de cuantos conocía.
Un granjero procedente de una de las casuchas del Sur salió del puesto cargado de mercancías.
—Hay que cortar el heno ahora que brilla el sol —observó—. Luego, vendrán las lluvias de primavera y transcurrirán varias semanas antes de que el suelo vuelva a secarse.
—¿Qué tal va todo? —inquirió Paul.