Meseta negra

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La llegada de Wess Kintell con Belmont en un atestado carromato puso fin al ligero flirteo de Paul. Asimismo, según observó, dio al traste con el buen humor de Natasha. Cuando Belmont saltó al suelo, la muchacha huyó con un gran revoloteo de faldas. Paul se preguntó por qué habría cambiado su expresión de modo tan repentino, y por qué había huido a la sola vista del conocido comerciante.

—Aquí estamos, Manning —tronó Belmont, entregándole al joven unos documentos—. Todo solucionado, el dinero entregado y firmado el recibo. Cuando usted firme en la línea de puntitos, el trato quedará cerrado y estaremos a punto de ganar un millón.

—Gracias. Si sólo falta mi firma es como si tuviéramos ya el millón en el bolsillo —rió Paul.

—Babbit posee ochenta mil cabezas de ganado; Miller y su hermano otro tanto; el equipo de Cartwright maneja cincuenta mil... y todos se hallan en comarcas iguales o peores que la nuestra. Kintell estaba equivocado en lo del precio. ¡Las reses de dos años se pagan a treinta y ocho dólares! ¡Manning, en esto tenemos un millón de ganancia!

—Ah, jefe, aquí tienes el correo de Kansas City —intervino Kintell, con su indolente sonrisa—. Cartas, periódicos y revistas... Un verdadero cargamento que te hará olvidar que eres un vaquero de una pradera solitaria.


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