Meseta negra
Meseta negra —Tal vez sà —asintió Paul, contemplando con interés dos gruesos sobres dirigidos a él con clara y pulida escritura de su hermana Anne.
HabÃa también una formidable serie de cartas, de sus padres, de abogados, banqueros y empleados. Paul casi habÃa olvidado que poseÃa una granja de mil acres, con enormes elevadores para el grano, un almacén inmenso, una casa de apartamentos y otras propiedades.
—Wess, ¿sabes redactar cartas comerciales, escribir a máquina, sumar columnas de muchas cifras y ejecutar otros secretariales? —preguntó Paul calmosamente.
—Diantre, jefe, te juro que apenas si sé poner mi nombre. Y en cuanto a los números, soy capaz de sumar una columna cien veces con cien resultados distintos.
—Entonces, ¿cómo demonios quieres ser mi mano derecha? —protestó Paul, deseando poner a Wess en un brete.
—Oh, yo sé cuidar caballos, enlazar una res por el cuello... y disparar con rapidez —declaró el vaquero, sombrÃamente—. Supongo que es cuanto necesito aquÃ.
—Estaba bromeando, Wess... ¿Compraste los libros?
—Vaya, y el librero por poco se muere. Me dijo que sólo tenÃa algunos de los de tu lista, pero que ya enviará los demás.
—Está bien. Vamos a abrir mis maletas y veré si después puedo moverme en mi habitación.