Meseta negra

Meseta negra

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Necesitaron hacer cuatro viajes para descargar el carro, y en el último, cuando Paul se tambaleaba por el corredor detrás del también muy cargado vaquero, vio a Louise Belmont en el umbral del otro extremo del pasillo. La joven le sonrió a Wess. Y cuando éste hubo entrado en el cuarto de Paul, también le sonrió a éste.

—Por lo visto, piensa usted quedarse aquí mucho tiempo.

—¿Por tantas cosas, verdad? —jadeó Paul, dejando junto a su puerta tres bultos. Luego añadió—. Sí, en efecto.

—Me... alegro —declaró ella, con vacilación.

—Gracias. Lo... lo mismo digo —replicó Paul con tono reprimido.

Era imposible esquivar aquellos bellos ojos. Paul, por tanto, decidió contemplarlos atrevidamente, con la libertad que antes no se había permitido. Deseaba ver la alegría que la joven le había manifestado, como una lucecita en sus pupilas, que disipaba las sombras que un instante antes velaban aquellos ojos. Paul sintió un extraño choque en su interior, no tanto por el encanto de aquellas pupilas sino por la sutil intimación de que su presencia en el puesto por tiempo indefinido pudiera causar tal transformación.

—Esto es tan terrible... lo odio —la joven trató de contenerse.


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