Meseta negra
Meseta negra Paul, instantáneamente, comprendió que la muchacha ya no era una niña, que no tenÃa miedo ni era tÃmida, sino apasionadamente cándida. Pero la sorpresa del joven, su vacilación, su mirada penetrante, que sin duda la obligó a pensar en él como en un joven, un forastero, diferente, simpático y atrayente, puso un vivo carmÃn en el rostro de Louise.
Paul deseaba decirle que tal vez su presencia tornarÃa la existencia de la muchacha un poco menos solitaria, menos odiosa... que tenÃa libros, revistas y música. Pero algo se lo impidió. Aquel momento no era el más adecuado para cortesÃas. No sabÃa para qué era adecuado, pero ciertamente no para sentimentalismos.
La joven entreabrió los labios, bajó la mirada y se alejó, en tanto sus mejillas recobraban su palidez habitual.
Paul debÃa mostrar una expresión extraña en su rostro al entrar en su habitación, ya que Wess, después de mirarle astutamente elevó las manos hacia el bajo techo.
—Amigo, yo no te dije que hicieras gimnasia —sonrió Paul al observar el gesto de Wess.
—Creo que no, compañero —gruñó el vaquero, sentándose en medio del equipaje.
—Está bien. ¿Qué te pasa?
—¿Puedo hablar con franqueza?