Meseta negra

Meseta negra

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—Wess, nunca has de tener miedo de decir lo que sientas. Y puedes apostar tu vida a que si no me gusta, te lo confesaré también francamente.

Paul cerró la puerta.

—Entonces, no te enfades, Paul —expresó el vaquero—. Los dos nos hemos metido en esto, y somos nosotros quienes debemos seguir adelante... He... he visto cómo te miraba esa damita y el efecto que ella te producía a ti hace un instante.

—De acuerdo. Tiene unos ojos extraños, que me atraen una enormidad. Aunque no sé en qué sentido —replicó Paul, riendo.

Wess hizo un gesto significativo, señalando al lugar aproximado donde se hallaba la habitación de Louise.

—Como un melocotón, ¿eh?

—¿Quién? Ah, ¿la damita que me ha mirado? Sí, pensándolo bien, sí lo es.

—Amigo, creo que tú y yo somos un par de predestinados —observó Wess, bajando la voz y meneando la cabeza.

—¿Predestinados? —repitió Paul—. No te entiendo, chico.

Sin embargo, lo entendía muy bien.


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