Meseta negra
Meseta negra —Cáscaras, Manning, ningún hombre hizo tanto por un desconocido, ni por Wess Kintell, como tú —expresó el vaquero con lentitud y esfuerzo. Yo he sido un tonto muy duro, pero siempre todo ha estado en contra de mÃ, los hombres y la suerte. Y no sé por qué has tomado sobre ti la carga de ayudarme y sacarme del aprieto en que me hallaba. SÃ, ya sé, según me contaste, tu apuro era tan grande que necesitabas ayudar a otro tipo que fuese desdichado como tú. Es una idea nueva, pero la comprendo. Bien, ésta es mi mano. Puedes aceptarla por todo lo bueno que hay en Wess Kintell.
Paul experimentó en su ánimo el significado de la zarpa de acero que era la mano del joven vaquero, y de los penetrantes ojos grises. El momento y el lugar no eran corrientes. Algo profundo e intangible vibró desde aquel fuerte apretón a lo largo de los nervios de Paul.
—Wess, me alegro de que le des importancia a este momento. Lo reconozco, aunque tal vez no esté a la altura del mismo. Llevo tanto tiempo abatido... Esta idea mÃa es casi imposible. Luchar en este terrible desierto puede ser muy fútil.