Meseta negra

Meseta negra

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—¿Tenías ya metido esto en la sesera cuando me sacaste de la cárcel, salvándome el cuello?

—Mi memoria flaquea en este punto. Recuerdo que mis desdichas eran tan intolerables que necesitaba ayudar a algún pobre diablo. Y yo te libré del apuro. Luego, vino mi temporada de borracheras, de la que recuerdo muy poco. Después, la idea fue madurando en mi cerebro y finalmente te he traído aquí.

Mientras Wess Kintell reflexionaba en lo que acababa de escuchar, Paul le contemplaba con mirada penetrante, consciente de la gran simpatía que experimentaba por el joven vaquero. Ninguna otra persona había jamás despertado tal aprecio en el ánimo de Paul Manning desde el golpe que le había cambiado. Y quería continuar con el mismo sentimiento. Deseaba reconquistar su antiguo significado de la existencia, la esperanza y la alegría de antaño, el amor a las aventuras, la ambición de ser escritor, el desafío al futuro, a todo cuanto era antes... Pero, por el momento, no podía meditar de nuevo en la larga y ruinosa historia de sus relaciones con Amy, por lo que cerró la mente a tales recuerdos.

El tejano, si conseguía convencerle, era un hombre en el que podría confiar. Buen jinete, alto, ancho de espaldas, de caderas estrechas y nervudo, más duro de lo que prometían sus pocos años, pero mostrando en su afilado rostro la tristeza, la dureza del ser adulto, desarrolladas por la vida en el Oeste.


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