Nevada
Nevada —¿Cómo? ¡Oh, ya sabÃa yo que pasaba algo! —exclamó Ina, mientras su hermoso rostro se arrebolaba—. ¿Cuánto? Pues… quince minutos.
Ben se echó a reÃr.
—Ya sabÃa yo que te iba a gustar la idea. Pero no hace falta tanta prisa.
—Pero ¿es verdad, Ben, que me vas a llevar a San Francisco? —preguntó ávidamente Ina.
—SÃ, está convenido; pero…
—¡Qué bueno eres! —Ina se abrazó a su cuello, besándole—. ¡Tanto que deseaba ir a alguna parte! Él invierno ha sido muy largo, y nos ha retenido siempre en casa. Pensaba en Klamath Falls, pero ir a San Francisco… ¡Oh!
—Ina, siento mucho no haber pensado en esas cosas yo mismo —observó Ben, cabizbajo—. Creo que no he sabido salirme de la rutina. Dale las gracias a Hettie.
Ina abrazó entonces efusivamente a su cuñada y después dijo:
—Vamos a desayunarnos. En la mesa podéis decirme todo lo que hay sobre la gran idea.