Nevada

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—Un día vendrá alguien que te domará hasta que comas en mi mano. Cogidos del brazo, Ben y Hettie recorrieron aprisa el camino, animados los dos con nuevas esperanzas y más felices que nunca. Ahora era Ben quien hablaba, mientras Hettie guardaba silencio. La joven estaba emocionada por haber podido sustraer a su hermano del ensimismamiento en que cayera cada vez más. Ben no sólo echaba de menos a su viejo amigo Nevada, sino también la vida de la caza de caballos salvajes, que había sido su única ocupación durante años, antes de casarse, y la causa del enojo de su padre.

Ina estaba en el patio cogiendo violetas, que armonizaban bien con el color azul de su traje primaveral y el de sus ojos. El pequeño Carlitos farfulló algo al ver a su padre y empezó a correr todo lo aprisa que sus piernecitas le permitían.

—Buenos días, Ben y Hettie —dijo Ina alegremente—. Me parece que venís muy emocionados… —Y después de dar un beso a Hettie, continuó—: Muchas felicidades, querida hermana.

Ben cogió al niño, sosteniéndolo en su brazo, y se dirigió a Ina con franca sonrisa.

—¿Cuánto tiempo necesitas en prepararte para ir a San Francisco? —preguntó con naturalidad, como si todos los días hablara de cosas semejantes.


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