Nevada

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Al principio habíale parecido que la dirección del rancho sería para ella más un placer que un trabajo. Pero no tardó en descubrir que no sólo implicaba un gran trabajo, sino que era, además, una tarea en extremo embarazosa y exasperante. Había en el rancho dieciocho vaqueros y otros tantos jinetes en los pasos de la montaña. La mayoría de los vaqueros eran jóvenes, solteros y todos deseosos de cambiar de estado. Algunos de ellos habían sido condiscípulos de Hettie. Además, muchos eran jinetes de buena estatura, recios y limpios, todos del Sur, que eran el enojo de la muchacha, pues encontraban constantemente pretextos para aparecer en el rancho, pretextos que, las más veces, eran en extremo ridículos. Aquellos jóvenes de las praderas le hacían la corte sin tener para nada en cuenta las calabazas. En menos de dos semanas, todos los vaqueros se enamoraron de Hettie o fingieron estarlo. Y resultó que les era preciso hablar con la encargada accidental del rancho de todo cuanto a él se refería, por insignificante que fuese.

A Hettie la divertía aquello, menos cuando se trataba de los jinetes de las praderas de las altiplanicies. Éstos le hacían el amor descaradamente y, lo que era peor, su continente, sus varoniles figuras, recordábanle a Nevada, inflamando su solitario y anhelante corazón.


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