Nevada
Nevada Al salir de entre los, cedros podría habérsele tomado por un autómata al que guiara un poderoso espíritu. Ocultándose tras las matas, deslizóse por el prado de artemisa y de éste a la empalizada, que estaba en la parte superior de unas cabañas de troncos que Nevada se dijo debían de ser las viviendas destinadas a los vaqueros. Era la hora en que todos los hombres de la hacienda estarían esperando la llamada para cenar. El día había sido caluroso, y en aquel instante, en que el fresco céfiro bajaba de la montaña, todos estarían al aire libre.
Nevada contempló con rápida y aguda mirada la parte de la izquierda, la de los campos y pastos. Unos cuantos caballos, jacas, vacas, terneras, un burro y algunos cerdos negros animaban un poco la vasta extensión, mas no había ningún jinete allí.