Nevada
Nevada —Bueno, Baldy —dijo al caballo echándole las riendas sobre la cabeza—; ya hemos llegado. Creo que basta de correr por ahora.
Pesadamente se dejó caer sobre las gradas del porche, se echó el sombrero atrás y se pasó la mano por el húmedo cabello, apartándolo de la ardorosa frente. Alzó la vista hacia la ladera, al otro lado del lago y contempló los puntos negros que se destacaban allÃ, las cabañas y graneros del rancho de Hart Blaine.
—Creo que no puedo permanecer aquà atontado como una lechuza —soliloquió Nevada levantándose—. La cosa está hecha y la dejaremos asÃ… Tampoco quisiera que hubiese sucedido de otro modo… ¡Querido Ben…; cama rada!
Mas no le fue posible entrar aún en la cabaña donde aprendiera las excelencias de la verdadera amistad.
