Nevada

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Al llegar al lado opuesto del lago, el caballo empezó a aminorar la marcha en el blando suelo de aquel paraje. Nevada vio las profundas huellas de cascos de caballos a lo largo de la orilla y las incisiones sobre el hielo, donde él, Ben y los bandidos, a los que habían soltado, cazaron el Rojo de California, el gran garañón salvaje. Al pasar por aquel lugar, Nevada no pudo menos de pensar en el hecho y en la extraña captura del caballo que Ben Ide amaba tanto. ¡Qué jugarreta le había hecho el Destino! ¡Qué locura la de Ben, ofrecerles la libertad a los bandidos que habían capturado, a cambio de su ayuda para cazar aquel soberbio caballo! Pero la acción, aunque loca y aventurada, acrecentaba el afecto que Nevada sentía por Ben. Porque Ben Ide era un verdadero cazador de caballos salvajes.

Llegó Nevada al risco junto al cual el Río Perdido acababa en el lago, y subió por la pina senda hacia el grupo de árboles y la cabaña donde él y Benjamín Ide habían vivido una vida solitaria y feliz… Ben, el hijo expulsado de un rico ranchero de Lago Tule, Y él, el gunman errante, herido, al que Ben dio albergue, dirigiéndole sólo una pregunta:

—¿De dónde viene?

—Nevada —había sido la respuesta, y ése fue el único nombre por, el que Ben le conociera.

Ahora todo había terminado. Nevada apeóse de su montura, sudorosa y jadeante.


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