Nevada

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Hettie Ide despertóse aquella mañana, en que cumplía veinte años, al mismo graznido de los patos silvestres, cuyo regreso la encantaba, año tras año, desde su infancia, y en aquel hermoso día de mayo graznaban como si supiesen que era su cumpleaños, del cual debía gozar plenamente con toda la alegría de su juventud.

Mas Hettie tenía un dolor secreto, que ocultaba muy hondo en su corazón, mientras cuidaba de su madre, valetudinaria, y compartía con su hermano Benjamín la única gota amarga en la copa de su felicidad.

Faltaba aún una hora para el desayuno. Cuando Hettie bajaba la escalera oyó la risa de Ina, que se solazaba con su hijo, el pequeño Carlitos. ¡Qué felices eran con la bendición de Dios! Pero aquella mañana de su cumpleaños no cabía la envidia en el corazón de Hettie. Estaba cada vez más unida a su hermano y amaba a Ina y al hijo de ésta como si fuesen carne de su carne y sangre de su sangre. La joven salió de la casa. ¡Qué mañana tan gloriosa! El sol lucía en todo su esplendor; cantaban los pájaros en los arces; por entre el verde césped asomaban las violetas; las yemas de la lila silvestre abríanse, revelando su interior.

La muchacha sabía dónde hallar a Ben. Cruzó la vereda bordeada por el seto verde, escuchando con el corazón animoso, aunque con la antigua punzada de dolor, el zumbido de las abejas, el mugir de las terneras y el gorjeo de los pájaros.


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