Odio de razas

Odio de razas

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Marian recomenzó el ascenso. La mayor parte de su confianza se había desvanecido, y se hallaba fatigada. Las gentes que vivían en el Oeste, ¡jamás. habían visto una montaña! Y recordó a una amiga que se negaba a caminar sobre terreno llano, y mucho más enérgicamente a hacerlo cuesta arriba. Mas pronto aquellas sensaciones de calor y de fatiga desaparecieron y se vieron substituídas por otras de fuego y dolor. Una carga parecía oprimir su pecho; las piernas se negaban a sostenerla. Observó que el descansar largamente era peor que no descansar absolutamente nada. Pero, ¡era tan satisfactorio, tan reconfortante detenerse durante más de un momento l Y se tambaleó, al continuar marchando hacia delante, hacia la altura; resopló fatigosamente, experimentó, calor y sudor, e intentó huir de Bucksin y de mirar hacia abajo, hacia el vacío que se tendía a sus pies y que se había hecho espantable. La luz se hacía más brillante sobre ella. La voz del comerciante sonaba alegre y animadoramente en la altura. ¡Qué interminable era aquel trayecto serpenteante en dirección al cielo!

- ¡Muy bien! No hay duda de que es usted una gran escaladora. Pero esto no es nada si lo comparamos con el desfiladero de Pahute - decía Withers.



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