Odio de razas
Odio de razas Como señor del Bien dime que todo está bien para mí, que el Dios de la medicina
me permitirá hablar bien, dime
ahora que todo está bien, que ahora todo está bien, que todo está bien, que toda está bien.
Y Nophaie creyó que todo marchaba bien para él, que su plegaria había sido escuchada. El susurra de la salvia era una voz; el fresco roce de la brisa sobre sus mejillas era el beso de un espíritu benévolo e invisible que le protegía; la roca en que apoyaba una mano le ofrecía una respuesta del alma que vivía en su interior. Cuando un halcón voló sobre su cabeza, Nophaie oyó el suave deslizarse de unas alas conducidas por la fuerza en que confiaba. El brillo del sol, que todo lo cubría, era la sonrisa de Utsay, que estaba satisfecho de su pueblo. Nophaie se desvió hacia un lado para no aplastar las margaritas del desierto que crecían entre la sombra de la salvia. En aquellas floreas anchas y blancas veía los ojos de sus parientes muertos, los que le miraban desde los Terrenos de Buena Caza interiores. ¿Caminaría en línea recta? ¿Sería siempre leal? El amor de sus muertos continuaba vivo, sería eterno. La muerte del espíritu no existía para Nophaie y los hombres de su tribu. No había maldad, excepto en el pensamiento, en pensar mal de sí mismo o de los demás, que era un pecado. Lo malo que se pensase se convertía en realidad.