Odio de razas
Odio de razas Y Withers arrojó las bridas de Bucksin sobre la perilla de la silla y lo forzó a ponerse en marcha. El caballo puso en movimiento algunas piedras que rodaron ruidosamente. El comerciante lo siguió llevando en las manos las riendas de su caballo. Marian le observó durante un momento. No había duda de que habrían de descender rápidamente si no querían perder el equilibrio. Desde muy lejos, de las profundidades del abismo, llegaban hasta ellos las voces de los indios, que, sin duda, llamaban a sus mulas. El estrépito de las piedras y lo profundo de los ecos daban fe de la naturaleza de aquel descenso hacia el corazón de la tierra.