Odio de razas

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Marian dirigió una larga mirada al borde opuesto del desfiladero, donde, según se le había asegurado, la esperaba Nophaie. Era un lugar apropiado para aquel encuentra que tanta importancia tenía para ella. Un borde de abismo orillado de verdor, de color rojizo, hermoso y peligroso, elevado y solitario, como los nidos de las águilas… Era, evidentemente, un lugar donde un indio podría vigilar y esperar. Cuando Marian permitió que su mirada descendiese lentamente a 1o profundo del desfiladero, se sorprendió al observar la terrible altura y la pétrea formación de aquel costado del abismo. Estaba a cinco millas de distancia, y, sin embargo, parecía tan alto y tan vertical y tan inmenso, que no pudo reprimir un grito. ¡Si había de subir hasta aquella altura para ver a Nophaie aquel mismo día…! La idea parecía absurda, irrealizable. Marian no tenía alas. ¡Cuán lejos de su comprensión estaban aquellos occidentales, blancos o rojos, que vencían todos los obstáculos de la Naturaleza!

Al pie del colosal muro se extendía una llanura de arena amarilla, a través de la cual corría un arroyo brillante, como una hebra de plata, que destellaba a la luz del sol. La completa desnudez del fondo de aquel desfiladero se rompía por la presencia de algunos grupos de árboles de follaje verde y abundante. El verdor de sus hojas era muy claro, lo que probaba que el verano había llegado a aquellas profundidades.


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