Odio de razas
Odio de razas Marian retiró de tanta. belleza la mirada. No habría dado aún media docena de pasos. cuando olvidó todo lo relacionado con el panorama. Repentinamente, se dio cuenta de lo traicioneras que son las piedras sueltas, de la dura naturaleza del contacto con ellas. La primera caída le dolió mucho y le produjo una magulladura del codo, pero hirió más su vanidad. Se puso de nuevo en marcha, más cuidadosamente que antes, y muy pronto se vio agarrada afanosamente al aire. en. su lucha por conservar el equilibrio sobre las piedras. En aquella ocasión consiguió salvarse. Pero el susto fue grande. La precaución servía de muy poco en aquel terreno. Se veía obligada a pisar ligera y rápidamente para librarse de alguna piedra suelta ames de que la piedra la arrastrase consigo. Había emoción en el accidentado descenso, v Marian comenzó a mostrarse descuidada. La acción liberó a su espíritu, y cuanto más de prisa caminó, tanto menos temor experimentó. Al ver las zonas más peligrosas, grandes inclinaciones de piedras lisas v sueltas sobre un lecho de tierra blanda, se detenía el tiempo suficiente para elegir una línea de rocas, y luego se lanzaba hacia abajo, a cada momento con más rapidez, pisando con los pies más firmes. En cierta ocasión, vio a Withers, y los caballos, allá abajo, que avanzaban trabajosamente sobre una tierra accidentada y roja. Cuando hubo descendido, pensó que el camino se había hecho mas fácil o que ella había aprendido a recorrerlo; y a pesar de los diversos golpes que recibió y de los varios resbalones que dio, comenzó a divertirse con la caminata. Lo importante de la carrera era conservar el equilibrio. I corrió hacia abajo, siguiendo un recorrido zigzagueante y fatigándose. La inclinación cubierta de piedras terminó, con lo que el descenso se hizo menos arriesgado. Por todas partes había rocas tan grandes como casas. Marian llegó al cabo de poco tiempo a una zona en. que no había piedras y que estaba compuesta de tierra roja, aún inclinada pero mucho más segura y más fácil de recorrer. Cuando miró hacia lo alto para ver el borde del abismo, apenas acertó a dar crédito a sus ojos. Cortos pasos, pero muchos, borraban las distancias. Era una proeza de la que se enorgullecía en tanto que se frotaba los, cardenales. Después recorrió los fáciles caminos que se tendían sobre la blandura de la tierra, hasta encontrar a Bucksin, que estaba inmóvil, con las bridas colgantes. Withers la esperaba un poco más allá. Marian montó el caballo, y después se dio cuenta de que la excitación la había mantenido alejada de la presencia de la fatiga y los, dolores.