Odio de razas

Odio de razas

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Nophaie no marchaba solo. Innumerables espíritus acompasaban sus pasos a los de él. La salvia era una alfombra de púrpura, dulce v fragante, a través de la cual sonaba el sordo suspiro del viento. Los someros arroyos serpenteantes que murmuraban al deslizarse sobre la rojiza arena y estaban bordeados del blanco de las piedras, hablaban a Nophaie de las nieves invernales que se derretían en las alturas, de agua para los corderos durante todo el verano, de la buena voluntad de Utsay. En el este y el oeste y el sur se elevaban los rojos dioses de roca que parecían moverse al mismo tiempo que Nophaie y avanzar con él, que se detenían para ofrecerle su sombra, que le vigilaban y protegían con rostros impasibles. Aun cuando parecían muy próximos, estaban muy lejanos. En sus pétreas células se albergaban fas almas de los indios… Tantos como las piedrecitas blancas que había a lo largo de los arroyos. El relámpago de un ave rápida del desfiladero era un mensaje. Las gotas de rocío, destellantes y puras, eran las lágrimas de su madre, que siempre se erguía junto a él, que caminaba con él a través de la salvia, en espíritu, y acompañaba sus pasos. El sol, la luna, el risco que tenía un rostro humano, el cuervo que lanzaba su doliente nota, el crótalo que se adormilaba al sol, la araña que cerraba su puertecita sobre él, el sinsonte, cantor de todos los cantos…, todo ello confraternizaba con Nophaie, todo ello era mensajero suyo. En torno a él y sobre él, en el gran silencio, en las empenachadas torres de piedra, en el fuerte resplandor del sol intenso parecía haber una vida en armonía con él, una vida eterna y silente que Nophaie sentía pero que no podía ver.


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