Odio de razas
Odio de razas El camino continuaba avanzando por el lado izquierdo y hacia arriba, hacia una montaña cuyas rocas y salientes formaban un precipicio inescalable. Hacía una hora que Marian:se puso en marcha. El carácter del lugar cambió. La joven se halló ante una sucesión de escalones rocosos que conducían hasta unos bordes que corrían formando ángulos rectos con el camino y ante unos largos salientes de roca desnudos y lisos, traicioneros y difíciles de salvar, porque su superficie era demasiado resbaladiza para que los clavos de las botas pudieran afirmarse sobre ellos. Marian no pudo comprender cómo podrían subir los: caballos por aquellos puntos tan resbaladizos. Pero lo habían hecho, puesto que podían verse las huellas que los hierros de sus patas habían marcado en la dureza de las piedras.
Marian oyó más de una vez a Withers y las indios, que marchaban ante ella. El golpeteo de un martillo sonó con un ruido metálico. Marian había visto que una del las mulas de carga transportaba un instrumenta de corto mango de madera; en aquel momento comprendió el uso a que se lo destinaba en el camino. Withers estaba hendiendo piedras para echarlas a rodar y rompiendo las esquinas de otras para abrir paso a las mulas- y sus cargas. La joven dio la: bienvenida a tales períodos de espera, que le proporcionaban momentos de descanso durante los cuales:se entregaba a sus sueños.