Odio de razas
Odio de razas La sirvieron Withers y Nophaie, y Marian descubrió que el agotamiento físico y los dolores no destruían el hambre, ni, en su caso, el gozosa disfrute de la comida. Nophaie se sentó a su lado; la luz de la hoguera se reflejaba en su rostro. Los otros dos indios se acercaron en busca de su cena, y se sentaron para tomarla.
Después de la comida, Withers y Nophaie efectuaron brevemente las tareas que habían de realizar. Los dos indios parecieron fundirse en la circundante oscuridad. Durante unos momentos, el tono apagado de sus voces llegó hasta Marian; luego, no sonaron más. Withers instaló la tiendecita bajo un pino, cerca de la hoguera, y dijo:
- Creo que es todo lo que teníamos que hacer. Luego, después: de despedirse de Marian y Nophaie, se retiró discretamente a su propio lecho, que había colocado bajo un cercano pino. El silencio de la noche se adueñó del campamento; y era tan dulce, tan intenso, que Marian no se atrevía a romperlo. Y se limitó a observar a Nophaie. A la luz oscilante que derramaba el fuego, su rostro parecía impasiblemente triste, como una máscara de bronce ta- llada para expresar la pesadumbre. De vez en cuando, el joven levantaba la mirada hacia ella. Luego, Marian se estremeció, y una cálida alegría se apoderó de ella.
- ¿Vas a quedarte con nosotros esta noche? - preguntó al fin.