Odio de razas
Odio de razas Al cabo de unos momentos, la creciente oscuridad fue rasgada por el resplandor de una hoguera. Y Marian siguió al indio hasta un somero arroyo en que una corriente de agua reflejaba el resplandor y las oscuras ramas de los cedros. Withers se encontraba entregado a la tarea de preparar la cena.
- ¡Eh, ya están aquí! -gritó, jovialmente -. Marian, a través de lo tostado de la piel, se ve que está usted pálida. Apéese y venga. ¿Ha podido cruzar el desfiladero de Pahute? No he dejado de observarla continuamente. ¡Ja, ja! Nophaie, deja en libertad a Bucksin y ven a ayu- darme. Tenemos que conseguir que esta señorita, nueva en estas tierras, e inexperta, se encuentre pronto cómoda y felizmente instalada.
Marian pensó que podría encontrarse mucho más cómodamente instalada, pero que no podría ser más feliz que lo era ya. Talo lo que pudo hacer fue arrastrarse trabajosamente hasta el asiento que Withers le había preparado. El calor que la inundó y la languidez habrían terminado en sueño si no hubiera sonado la cordial llamada del comerciante:
Venid y tomadlo.
- Me parece que habrá de traérmelo usted -contestó Marian -. Si me pusiera en pie, me caería a tierra.