Odio de razas
Odio de razas El caballo mesteño de Nophaie era el más grande de cuantos ella había visto; un animal peludo de color tostado. Cuando llegó el momento de volver a instalarse sobre su propio caballo, Manan no pudo abstenerse de experimentar una: especie de vanidad femenina en su esperanza de ofrecer una figura llena de gracia para la mirada de Nophaie. Pero fue una figura lastimosa la que ofreció, puesto que su naturaleza se había agotado casi por completo. Y cabalgaron uno junto a otro sobre una tierra fragante poblada de pinos y de salvia mientras el último resplandor del crepúsculo iluminaba la parte occidental del, cielo. El romanticismo que bañaba aquellos instantes pareció a Marian como la encarnación del encanto de sus sueños. Allí estaba la hora crepuscular, allí estaban el hermoso lugar, la rusticidad del desierto, el hombre a quien quería… El color y la raza del hombre no constituían obstáculos para el respeto y el amor de ella. Y habló durante cierto tiempo de, las últimas veces que se hallaron en la playa, de las amigas suyas a quienes él conocía, y finalmente de su casa, con la cual ya no pareció armonizar. Nophaie escuchó sin hacer comentarios. No obstante, cuando ella abordó el tema de su llegada al Oeste y de su recepción por Withers, le encontró más comunicativo. Withers era un hombre bueno, un comerciante que favorecía a los indios y que no hacía de su establecimiento un medio para timarlos. La señora Withers significaba más para los indios que cualquier otra persona de la raza blanca.