Odio de razas
Odio de razas La vigilante mirada de Marian recorrió la extensión que Nophaie había indicado por medio de un gesto vago y lento. Y entonces vio que habían recorrido millas y millas de suave descenso, y que la pendiente terminaba en una cañada señalada por el lujuriante brotar y el color purpúreo de la salvia, por grupos de hermosos cedros y por aislados montículos de roca, amarillentos y rojizos. Sobre todo ello se elevaba la gran montaña, protectora y dominante. Un arroyo corría sobre un lecho de rocas a través del valle; el agua cristalina resplandecía bajo el sol y murmuraba en las pequeñas cascadas. Una columna de humo azul se elevaba en el cielo procedente del grupo de árboles. Marian percibió el olor del humo, que despertó en su imaginación el recuerdo de la delicia que para ella constituía el olor de las hojas otoñales, al ser quemadas. Una soledad y urca paz estivales se extendían por el lugar.