Odio de razas
Odio de razas Ni ella habló ni habló Nophaie en tanto que recorrían un camino a través de las altas hierbas cuyas espinas, largas, verdosas y purpúreas, les llegaban hasta los hombros. Marian arrancó un delgado tallo y, aplastando las tiernas ramitas, se las llevó a los; labios y la nariz.
¡Qué amargo era su sabor!… ¡Qué parecido a una droga somnífera era el aroma embriagador que desprendía! Marian vio frutos en los cedros y una capa dorada, como de polvo, sobre el follaje. Luego oyó el balido de, los corderos.
Muy pronto salió Marian de la zona de cedros y se encontró en la abierta llanura herbosa; allí vio carneros y cabras y corderos. Si Nophaie poseía solamente un pequeño rebaño, Marian se preguntó a qué llamarían un rebaño grande. Marian calculó que tenía ante sí varios centenares de reses. La mayoría de ellas eran blancas, y muchas eran negras y otras pardas. Los corderos estaban tan blancos como puede estarlo la lana blanca. Y triscaban en torno a la. joven sin demostrar temor de ella. Los balidos;sonaban incesantemente, de un modo que resultaba grato a los oídos de Marian.
Y después vio otro indio, alto y delgado, de espalda curvada y cabello gris. Este hombre iba envuelto en una manta delgada, y se acercó a Marian. ¡Qué reflejo de su vida se marcaba en su rostro! ¡Años y las tormentas del desierto!…